Proyecto Poseidón y Quién Gobernará la Era de la IA

Efectivamente, hay una idea, un proyecto, hay varios en realidad, ideas y proyectos en torno a un gasoducto que vincularía Medio Oriente, Israel, Grecia y algunos otros países europeos, de forma tal de poder proveer de energía, sobre todo a los grandes centros de datos que la inteligencia artificial va a requerir, o que ya está requiriendo. En algunos casos, como estuve viendo el otro día en la región de Utah, en el centro de Estados Unidos, las poblaciones se ponen en pie de guerra frente a esos centros de datos que se están construyendo. Uno es el de Utah, en el estado de al lado de Nevada, cerca de Las Vegas, en el medio de la nada prácticamente. Están muy preocupados los ciudadanos porque esos centros de datos son grandes consumidores de agua, de energía eléctrica y demás, lo que dejaría a las poblaciones muy penalizadas.

Para hablar de este tema, como es habitual un viernes por la tarde, tengo el placer de compartir esta charla con mi amigo Antonio Valdés. Antonio comenta que el proyecto Poseidón es todavía un proyecto, pero parece que va dando pasos agigantados, básicamente basados en la guerra. Hay mucha lógica detrás de pensar que las bombas en todo Medio Oriente están escondiendo varios planes. Un plan importante sería convertir Israel en un gran hub energético para Europa y alimentar los centros de datos que controlarán el mundo del mañana. Todo lo relacionado con inteligencia artificial tiene una relación increíble con el Estado de Israel, porque muchos de los que están detrás son sionistas, incluso ciudadanos israelíes con doble nacionalidad, como Alex Karp. Este estado y esta gente son bastante propicios para el control.

El proyecto Poseidón es muy ambicioso: es un gasoducto que busca conectar los yacimientos de gas mediterráneo oriental con Europa y convertir Israel en un gran centro energético del continente. También se le llama «East Med Poseidon» en inglés, es un gasoducto real de 2100 km, promovido principalmente por Israel, Grecia y Chipre, con apoyo de Italia. Sirve para llevar el gas israelí, y hay un banco de gas importante en Gaza, Líbano y Siria. El objetivo declarado es diversificar el suministro europeo y reducir la dependencia del gas ruso. Está en etapa avanzada de diseño, aunque aún no se construye por temas de costos y la posición de Turquía. Israel busca posicionarse como proveedor clave de Europa.

Este proyecto no es solo una obra de ingeniería energética, sino que revela componentes geoestratégicos profundos detrás de los conflictos en Gaza, Líbano, Siria y posiblemente Irán. Se busca romper las estructuras viejas del petrodólar y la predominancia de países como Qatar en el suministro de gas. Existe un interés material concreto: controlar los ricos yacimientos de gas frente a esas costas para posicionar a Israel como proveedor clave de Europa, especialmente tras la destrucción del Nord Stream, que benefició a Estados Unidos y sus gaseras. La idea era romper la energía barata rusa con el desarrollo tecnológico europeo.

Estas guerras estarían aprovechándose para asegurar recursos, destruir competidores como Qatar y reconfigurar el mapa energético mundial. El plan incluye debilitar el sistema del petrodólar tradicional, reducir la influencia financiera de Dubái y canalizar los hidrocarburos del Golfo Pérsico hacia Israel con apoyo de grandes petroleras estadounidenses y británicas. Poseidón es un ejemplo paradigmático de cómo estos programas fusionan guerra, economía y control energético en una sola estrategia. Israel actúa como pivote geoestratégico para beneficiar a ciertos lobis y corporaciones occidentales, incluido el tecnológico.

Lo que a simple vista parece un conflicto regional quizás sea parte de una pugna global por el control de la energía que alimentará la infraestructura de inteligencia artificial y el nuevo orden tecnocrático. Personajes como Curtis Yarvin, Peter Thiel, Alex Karp, Sam Altman y Elon Musk son parte de una nueva monarquía tecnológica que trata de sustituir la democracia por un modelo totalitario con buena prensa. Están construyendo una arquitectura cognitiva de algoritmos e ingeniería social para modelar nuestra percepción, atención e interpretación de los hechos. Buscan un agotamiento cognitivo y una desorientación permanente que nos impida reconocernos como seres soberanos.

Uno de los objetivos es que cada persona se perciba como un nodo del sistema operativo social, creyendo que las decisiones de esta élite son fruto del libre albedrío cuando en realidad estamos coaccionados. Para crear una nueva realidad, necesitan un crash social o económico, un evento tipo COVID multiplicado, que permita reiniciar el tablero. Solo tras un hundimiento generalizado de mercados pueden entrar grandes fondos como BlackRock a recomprar infraestructuras a precios bajos. Estamos en una etapa de aceleración de crisis múltiples, no es un proceso lineal ni monolítico. No hay un único plan maestro, sino una trama compleja con tensiones y desviaciones.

Antonio pregunta qué influencia ha tenido la guerra contra Irán, el estrecho de Ormuz y las plantas petroquímicas del Golfo Pérsico en la evolución de estos proyectos. Allí se produce el helio y otros elementos básicos para fabricar los microchips de la inteligencia artificial. Parece que Estados Unidos e Israel trastocaron esa abundancia. Con el cierre de Ormuz hay que pagar peajes, y ha aparecido un nuevo actor, Irán, que mueve toda la estructura. Además, China puede dejar de exportar tierras raras si Estados Unidos le impone sanciones, lo que afectaría toda la producción industrial.

Estamos en una cuarta ola sistémica global: la crisis de 2008, el COVID, la guerra de Ucrania y ahora la crisis energética. El objetivo declarado por Marco Rubio es «volver a que todo funcione como antes», pero las guerras han generado un reacomodo energético. Sin energía se genera una cascada de efectos. Ya se ven cancelaciones de vuelos y pérdidas en cadenas de suministro en Asia, y luego llegará a Europa y al resto. Hay muchos actores jugando bajo su propia lógica. Una teoría dice que Estados Unidos quiere controlar todos los cuellos de botella energéticos, pero es imposible que todo les salga bien. Por ejemplo, si China no envía tierras raras, se paraliza el rearme occidental. Cada quien juega sus propias lógicas: China envía suministros a Irán para que no colapse.

A nuestro favor juega que todavía falta capacidad energética suficiente para sostener centros de datos masivos y computación a escala global. Eso genera contradicciones y guerras entre élites. El único país con capacidad instalada para una dictadura tecnocrática sería China, seguido de Japón y Corea. Estados Unidos necesita mucho tiempo para electrificar su país. El gran temor es que todas estas guerras sirvan para poner la autopista hacia una monarquía tecnológica, donde un grupo de élite controle la tecnología y reemplace la democracia. La resistencia debería estar en defender la capacidad cognitiva y el espíritu crítico. Como ejemplo positivo, Suecia está eliminando dispositivos digitales de las escuelas y volviendo a los libros.

Estamos ante el nacimiento de una nueva doctrina histórica silenciosa y profunda que implanta una ingeniería social muy sofisticada, más que cualquier totalitarismo del siglo XX, porque la asumiremos voluntariamente. Es una mutación civilizatoria que militariza la tecnología a través de empresas como Palantir y Anduril, que dejan de ser instrumentos excepcionales para convertirse en principios organizadores de la sociedad. Nos dirán cómo comportarnos. Es una dictadura corporativa abierta, sin necesidad de disfrazarse. Harari ha dicho que los derechos humanos son una ficción. Se trata de quitarle legitimidad a la democracia para sustituirla por un poder corporativo que controla la infraestructura computacional y los datos. Primero van por la energía, porque nada funcionará sin ella.

Irán cambió el plan. Apareció un jugador no previsto que dice «yo también quiero jugar». Irán se ha preparado durante 50 años y actúa sobre el terreno usando su mejor arma: el estrecho por donde pasa uno de cada cinco barriles de petróleo del mundo, junto con subproductos como el ácido sulfúrico, sin el cual se detiene todo. Irán busca agotar a Estados Unidos a nivel de mercados con un shock petrolero de altos precios. El sistema de deuda y crédito estadounidense no soporta petróleo por encima de los 70 dólares, y ya está por encima de 100. Si Irán sale victorioso, se consolidará un eje Rusia-China-Irán y un mundo bifurcado en dos grandes bloques. Cualquier país que quiera ser potencia necesita armas nucleares.

Irán trastoca todo el sistema productivo y la cadena de valor: petróleo, gas, helio, etileno, propileno, cobalto, fertilizantes, cobre. Son la base de la industria y de la inteligencia artificial. La guerra ha tomado una nueva aceleración. El Papa León XIV dijo «basta de idolatrías al egocentrismo», refiriéndose a Trump. Eso enojó a Trump, pero el Papa es una figura política coherente y sus palabras son oportunas. El ataque de Trump al Papa no tiene que ver con religión, sino con que Trump necesita a su base de evangélicos fanáticos prosionistas para las elecciones, y ellos odian al catolicismo.

El catolicismo ha perdido presencia política en Estados Unidos; el último presidente católico fue Kennedy. El peso electoral lo tienen los protestantes evangélicos sionistas, muchos de los cuales se autonombran más sionistas que cristianos. Estos pastores tienen un peso político increíble, mueven millones de dólares y están pegados a Israel. No se sabe si la reunión de Rubio con el Papa tiene que ver con elecciones o con otros temas, porque Estados Unidos no está dominado por el catolicismo. Trump necesita mantener cerca a esa base evangélica de unos 100 millones de personas que van cada domingo al templo y dan mucho dinero.

Estamos frente a un mundo muy convulsionado, especialmente con el tema de la inteligencia artificial. Hay que seguir atentos a la evolución del mundo que tenía certezas antes del 28 de febrero y las dudas que ha abierto la guerra contra Irán, con la postura firme de las autoridades iraníes y su pueblo. Irán dice: «Si hay que seguir bombardeándonos, allí vamos, sigan». Esta actitud desafiante le está valiendo un enorme prestigio en el sur global y ha movido la estructura de Rusia y China. Incluso la Unión Europea está dispuesta a sentarse con Putin a hablar de gas, algo impensable hace meses. Como en la crisis de los puntos com, parece que todo es digital, pero cuando se cae todo, volvemos a que los viejos ladrillos y las viejas fábricas siguen siendo importantes, como demostró China.

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