Cultura de banda vs Estado milenario: quién ganará la Tercera Guerra Mundial

En las últimas semanas, los pronunciamientos del gobierno estadounidense han pasado de ser simples arrebatos de pataletas, a evidenciar de manera inequívoca una crisis estructural que sacude los cimientos mismos de su poder hegemónico. Cuando el presidente de Estados Unidos afirma que la defensa de Europa frente a Rusia no es su problema y que sus aliados deben asumir solos las consecuencias de la guerra en Ucrania mientras él concentra sus esfuerzos en Oriente Próximo, no está improvisando una táctica de negociación: está revelando una concepción del poder que nada tiene que ver con la gestión estatal tradicional, con una forma de gobernar un estado con tradición de estado, valga la redundancia, y que, por el contrario, se asemeja más a la lógica de un jefe de banda mercantil, la lógica de los grupos mafiosos comerciantes, que busca golpes de efecto antes que consolidar alianzas duraderas.

Esta forma de proceder, que podríamos denominar cultura empresarial-bandolera, no es un rasgo personal de un mandatario temperamental, sino la expresión más acabada de una manera de entender el poder que ha dominado Estados Unidos desde su fundación como proyecto de estado de diseño, no como un estado histórico. Un estado construido desde una mesa de dibujo, con una Constitución que declaró “nosotros, el pueblo” antes de que ese pueblo mismo existiera como comunidad orgánica, ha funcionado durante siglos bajo el supuesto de que la autoridad se ejerce como una propiedad privada y la política exterior como una transacción comercial: se invierte en fuerza militar, se espera un retorno rápido y, si no se obtiene, se abandona la operación. La guerra contra Irán es el ejemplo más reciente de esta lógica: se planificó como un golpe quirúrgico, un blitzkrieg que, mediante dos grupos de ataque de portaaviones y una demostración de fuerza tecnológica, debería haber forzado el colapso del adversario en semanas. No se contempló un segundo escalón, no se coordinó con aliados regionales más allá de exigirles sumisión, y cuando las municiones empezaron a escasear y los barcos necesitaron reabastecerse, la improvisación sustituyó a la estrategia.

RS/vía Fotos Públicas

La razón de este fracaso no es meramente militar, sino conceptual. La cultura empresarial-bandolera concibe la organización del poder como una estructura frágil, dependiente de líderes carismáticos o de una jerarquía tan vertical que su decapitación provoca el derrumbe del conjunto entero. En este esquema, el mundo se entiende como un mercado o como un territorio salvaje donde hay jefes de banda que controlan sus parcelas; si se elimina al jefe, la banda se desintegra y sus recursos pasan a manos del vencedor. Esta mentalidad, perfectamente reflejada en la narrativa cinematográfica de vaqueros y gánsteres, ha guiado décadas de intervenciones estadounidenses: se bombardea un cuartel general, se captura o mata a un líder y se da por terminado el conflicto. Así se actuó en la invasión de Irak, así se pretendió actuar en Afganistán, y así se ha pretendido actuar ahora en Irán. El problema es que Irán no es una banda: es un estado histórico con seis mil años de civilización, con una cultura estatal forjada a lo largo de milenios donde la continuidad institucional no depende de un individuo.

La diferencia entre un estado construido y un estado histórico se manifiesta en momentos de crisis. En un estado con auténtica tradición institucional, la muerte de un comandante no paraliza la defensa; existe un sistema de suplencias, una estructura de mandos intermedios que garantiza la continuidad operativa. Las películas de guerra soviéticas, por ejemplo, mostraban a un teniente tomando el mando de un regimiento porque todos los superiores habían caído: esa imagen refleja una realidad cultural donde la organización perdura más allá de los hombres. En Irán, la destrucción de un alto mando no desencadena el caos, sino que activa el mecanismo de reemplazo y la lealtad a la institución. Cuando Estados Unidos bombardeó una escuela junto a una base militar iraní, el cálculo táctico fue puramente bandolero: se asumió que los soldados abandonarían sus puestos para rescatar a sus hijos, exponiéndose a un segundo ataque, y que ese golpe psicológico desmoralizaría al resto. Lo que ocurrió fue lo contrario: el ataque contra niños trascendió las divisiones internas, unificó a la sociedad y consolidó la voluntad de resistencia. La cultura estatal iraní respondió con cohesión donde los agresores esperaban fragmentación.

Esta misma contraposición se observa en la forma de hacer política internacional. Para un estado con cultura institucional, las alianzas se construyen sobre intereses de largo plazo, sobre una red de compromisos que trascienden a los gobernantes de turno. Para la lógica empresarial-bandolera, en cambio, las alianzas son contratos temporales que se rompen cuando dejan de ser rentables. El trato con los kurdos es un ejemplo paradigmático: Estados Unidos los ha utilizado y abandonado en múltiples ocasiones, porque en su visión no existe una responsabilidad de estado hacia un socio, sino un uso instrumental hasta que ya no conviene más. Cuando, en medio de la guerra contra Irán, el presidente llamó personalmente a dos comandantes kurdos para pedirles apoyo, el gesto fue ridículo desde la perspectiva de la cultura estatal: un jefe de banda intentaba negociar con lugartenientes de otras bandas, exhibiendo que no tenía una estructura diplomática capaz de gestionar una alianza seria. Pero además, el hecho de que esos comandantes se negaran a obedecer demostró que incluso en actores no estatales existe la memoria de las traiciones pasadas, algo que la lógica transaccional no alcanza a procesar.

@EuropeanParlament

Europa, en este contexto, observa con creciente claridad la naturaleza de su aliado. Durante décadas, los países europeos delegaron su defensa en Estados Unidos, asumiendo que la seguridad era un bien que el hegemón proveía a cambio de lealtad política. Pero ahora, cuando la guerra de Irán ha dejado al descubierto la fragilidad de la logística estadounidense, cuando las reservas de misiles Patriot se agotan y los grupos de ataque han sufrido daños que obligaron a retirar un portaaviones a reparación en Croacia, Europa comprende que el socio que le prometió protección no tiene capacidad para sostener dos frentes simultáneamente. Y lo que es peor: ni siquiera tiene la voluntad de coordinarlos. La exigencia de Trump de que Europa se implique en Oriente Próximo mientras él se desentiende de Ucrania no es un intercambio geopolítico, sino una reacción impulsiva de quien se siente desatendido en un negocio. Los líderes europeos saben que si se embarcan en esa guerra, arrastrarán su propia crisis militar, expondrán sus economías a un nuevo shock energético y quedarán a merced de un aliado que ya ha mostrado su disposición a abandonarlos.

El estado de las fuerzas europeas es, en sí mismo, una prueba de la ausencia de cultura estatal en el continente. La antigua potencia marítima británica no dispone de destructores para liderar una misión de la OTAN y tiene que pedir a Alemania que le preste un barco. El buque enviado para “escoltar” a un petrolero ruso resultó ser una lancha fluvial que apenas pudo regresar al canal de la Mancha. Francia mantiene un portaaviones en estado técnico dudoso. Estas carencias no son accidentales: reflejan décadas de desinversión, pero también una concepción de la defensa como un gasto que puede externalizarse en lugar de como una función esencial del estado. Mientras tanto, Irán ha demostrado que con medios modestos puede controlar el acceso al Golfo Pérsico, imponer peajes de navegación y vender su petróleo a cien dólares el barril, porque los compradores –incluyendo a los propios europeos a través de intermediarios como India– necesitan ese crudo y ningún portaaviones puede ya garantizar la seguridad de las rutas marítimas.

En medio de este panorama, un episodio aparentemente secundario ha adquirido una dimensión simbólica fundamental: la llegada del petrolero ruso Anatoly Kolodkin a Cuba, desafiando las sanciones y el bloqueo impuestos por Estados Unidos. La importancia del hecho no reside en las toneladas de combustible que transportaba, sino en lo que revela sobre el choque entre las dos concepciones del poder. Rusia, en su doble naturaleza, mostró la tensión interna entre su cabeza soberana –la tradición estatal que sobrevivió a la Unión Soviética y que busca recuperar el papel de centro de concentración de la gestión global– y su cabeza colonial –las élites económicas que actúan como agentes de Washington y que hicieron retroceder al buque de gas natural licuado que también había sido enviado a la isla. El hecho de que el petrolero siguiera su rumbo mientras el gasero se retiraba demostró que la lucha entre estas dos almas de Rusia aún no está resuelta, pero que la voluntad política del soberano puede imponerse sobre los intereses inmediatos de la sumisión. Ante el desafío, la Casa Blanca primero emitió una prohibición, luego no pudo interceptar el barco y finalmente declaró que “permitía” la llegada. Este gesto es la esencia de la lógica empresarial-bandolera en su fase de declive: cuando el poder real ya no alcanza para imponer la voluntad, se finge que lo que ocurre es una concesión graciosa. No se trata de un error táctico, sino de la incapacidad para reconocer que un estado con cultura institucional no pide permiso para ejercer su soberanía. Cuba recibió el combustible, Irán sigue exportando petróleo, y los países asiáticos que antes solicitaban autorización para comprar crudo ruso ahora observan que el hegemón ya no tiene los medios para bloquear esos flujos. La imagen del presidente llamando a comandantes kurdos, rogando ayuda mientras los emisarios de esos comandantes lo humillan, es el símbolo perfecto de una estructura de poder que ha perdido la compostura porque nunca tuvo la sustancia de un estado.

Teherán, Irán 07/04/2026 — Aunque su oficina fue destruida en un reciente ataque sionista estadounidense, el director del Centro de TI y profesor de matemáticas de la Universidad Tecnológica Sharif en Teherán impartió su clase de «Algoritmos aleatorios» en línea el martes.foto RS/vía Fotos Públicas

Por eso, repetimos una vez más, que la crisis actual no es un conflicto más entre potencias, sino la manifestación de un cambio de época. No es que unos poderosos no pudieron dividir las ganancias de sus botines o no s e decidieron cómo dividir el mundo. Por un lado, están los estados que conservan una tradición institucional milenaria –Irán, Rusia en su vertiente soberana, China, y otras naciones que han mantenido la continuidad de sus estructuras de gobierno– y que pueden resistir embestidas militares, gestionar crisis energéticas y construir alianzas duraderas porque entienden la política como un proceso de largo aliento. Por otro lado, están los proyectos de estados de diseño, como Estados Unidos y los estados europeos que se construyeron sobre la base de la delegación de soberanía, que se muestran incapaces de sostener una guerra de desgaste, que carecen de reservas estratégicas y que, sobre todo, no han desarrollado una cultura de la suplencia y la continuidad institucional. Cuando estos últimos se enfrentan a un adversario con verdadera cultura estatal, su estrategia se reduce al golpe de mano, y cuando el golpe falla, solo les queda la improvisación o el abandono.

La enseñanza que deja este momento histórico es que la verdadera soberanía no se decreta ni se obtiene por la posesión de armamento sofisticado, sino que se forja en siglos de práctica institucional. Un estado con cultura estatal es aquel donde la muerte de un ministro no paraliza el ministerio, donde la pérdida de un territorio no disuelve la identidad nacional, donde la administración cotidiana sigue funcionando incluso bajo bombardeos porque hay un cuerpo de funcionarios, una jerarquía de suplencias, una memoria de procedimientos que trascienden a los individuos. La lógica empresarial-bandolera, por el contrario, solo sabe de contratos temporales, de lealtades que se compran y se venden, de golpes de efecto que ocultan la ausencia de estructura. Cuando ambas lógicas entran en conflicto, la primera termina imponiéndose no por la fuerza bruta, sino por la capacidad de resistir y reorganizarse una y otra vez hasta que el adversario se agota en su propia improvisación.

@UN

El mundo que emerge de estas tensiones no será unipolar ni volverá a ser bipolar en el sentido clásico. Será un mundo donde la capacidad de los estados para actuar como centros de concentración de la gestión global dependerá de su grado de cultura institucional. Aquellos que han conservado o reconstruido esa tradición –Rusia, Irán, China, y probablemente otras naciones que observan el proceso– ocuparán un lugar central. Aquellos que han externalizado su soberanía, que han confundido la especulación financiera con la economía real, y que han delegado su defensa en un hegemón que ahora muestra su propia fragilidad, enfrentarán un futuro incierto. El viaje del petrolero ruso a Cuba, en apariencia un hecho menor, ha sido en realidad un aviso: la época de los golpes quirúrgicos ha terminado, y la historia vuelve a ser el territorio de los estados que han sabido construir instituciones capaces de perdurar más allá de la ambición personal de sus dirigentes.

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