Foto: Paulo Pinto/Agência Brasil
Por Lisa Vukovic
A lo largo de la historia humana, los procesos de dominación han seguido un patrón recurrente que pocas veces somos capaces de reconocer mientras nos ocurre. Cada vez que un nuevo orden, religioso, político, económico o cultural, se dispone a ocupar un territorio, no se limita a conquistar por la fuerza bruta, sino que emprende una tarea más sutil y profunda: la transformación de la memoria colectiva, la demonización de todo lo anterior y la imposición de una nueva verdad que se presenta como la única posible. Este mecanismo, perfeccionado a lo largo de milenios, no solo ha moldeado las civilizaciones, sino que ha conseguido algo aún más devastador: ha robado a los pueblos la capacidad de contactar con lo sagrado, entendido no en sentido religioso, sino como la conexión profunda con uno mismo, con la naturaleza y con el sentido de la existencia.

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El primer acto de un imperio no es militar, sino narrativo. Es necesario convencer a la población, y a veces a los propios conquistadores, de que lo que se destruye merece ser destruido. La historia la escriben siempre los vencedores, y la escriben de tal manera que la sangre sobre la que se construye cada civilización queda oculta bajo capas de justificaciones morales. Lo viejo debe ser presentado como bárbaro, inmoral, grotesco o simplemente obsoleto. Los viejos dioses se convierten en demonios; las antiguas prácticas, en actos abominables; los símbolos de fertilidad y vida, en emblemas del mal. No es casualidad que Baal, el dios de las lluvias, del cielo, de la vida y de los ciclos naturales para los pueblos semitas occidentales, fenicios, cananeos, sirios, fuera transformado por la tradición judeocristiana en Belcebú, el príncipe de los demonios. Un dios que representaba la esperanza de los agricultores en regiones áridas, que encarnaba la victoria sobre la muerte y la promesa de resurrección con cada nuevo ciclo de la naturaleza, fue convertido en el arquetipo del mal. Su esposa, la bella Astarté, diosa del amor y la fertilidad, corrió la misma suerte: de ser venerada por su belleza y poder creador, pasó a ser una entidad demoníaca.

Marco Terranova | Riotur
Este proceso no es un accidente histórico ni una excentricidad de las religiones antiguas. Es un método consciente de dominación. Los partidarios de la nueva fe añaden deliberadamente rasgos negativos a los dioses a los que la gente adora. Es guerra de información, como hoy la llamaríamos, pero tan antigua como la humanidad misma. Y funciona porque se apoya en un recurso psicológico profundo: el miedo, el asco, la repulsión. Si se consigue que una población sienta horror por sus propias tradiciones, habrá dado el primer paso para aceptar la imposición de otras nuevas. Los romanos, por ejemplo, contaban con escalofrío las supuestas barbaridades de los fenicios: sacrificios de niños, rituales sangrientos, costumbres atroces. Y mientras difundían estas historias, arrasaron Cartago hasta los cimientos, vendieron a sus supervivientes como esclavos, maldijeron su tierra y pasaron un arado sobre ella. Los romanos, por supuesto, nunca cometían tales atrocidades. O al menos eso decían. La realidad es que los vencedores construyen su propia pureza moral sobre la demonización del otro, y de ese modo justifican la violencia más extrema como una misión civilizadora.
Pero este patrón no se limita a la antigüedad ni a las religiones. La modernidad, con su exaltación de la razón y su pretensión de haber superado las supersticiones del pasado, ha repetido exactamente la misma operación con herramientas diferentes. Los occidentales hemos sido desposeídos del acceso a lo sagrado en todas sus formas: en el arte, en la comunicación con nuestros semejantes, en la relación con la naturaleza y con nosotros mismos. La elevación de la razón y del ego a la categoría de dioses todopoderosos ha generado un nuevo tipo de imposición, quizás más sutil y por ello más difícil de combatir. Se nos enseñó a creer solo en la razón humana, esa razón cuyo sueño, como lo plasmó Goya en sus grabados, produce monstruos. Una razón que no tiene acceso a nada que no sea materia tangible, que pretende explicar el alma humana con palabras y teorías, que convirtió a su propio dios —cuando aún le quedaba alguno— en una explicación racionalista, a menudo forzada y artificiosa.
Las consecuencias de esta desacralización son visibles en todos los ámbitos. En el arte, el postmodernismo nos ha enseñado que una obra no tiene valor inmanente, sino que debe ser legitimada a través de una verborrea objetiva que convenza al público, desde la razón, de que aquello es arte. Ya no importa la experiencia estética, el vértigo ante la belleza, la conmoción del alma. Todo se reduce a discurso, a explicación, a teoría. En la religión, hemos asistido a la multiplicación de iglesias que ofrecen un dios al alcance de la mano, sin rituales de iniciación, sin exigencia de transformación personal, sin una lengua especial para comunicarse con él, sin canto afinado, sin el esfuerzo de aprender, de vestirse con dignidad, de prepararse para el encuentro con lo sagrado. La música es popular y mal tocada; las oraciones se olvidan; el ritual se vacía. Y detrás de esta aparente democratización lo que se esconde es una pereza profunda: la pereza de transformarse a uno mismo, de trabajar sobre el propio carácter, de dedicar tiempo y esfuerzo a la elevación espiritual. Es más fácil cambiar los conceptos estéticos y éticos que trabajar para alcanzarlos.

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El capitalismo, paradójicamente, ha sido el gran aliado de esta nivelación hacia abajo. No el comunismo, como a menudo se cree, sino el capitalismo, que necesita que todos seamos iguales para poder vendernos los mismos productos. El mercado no puede permitirse desilusionar a los sin talento, a los perezosos, a los que carecen de tenacidad o de valores. Todos deben tener su oportunidad de ser estrellas, aunque sea por quince minutos. Vende más quien pinta florecitas y gatitos que el artista que pasó toda su vida explorándose a sí mismo. Venden más las iglesias que ofrecen a dios como un servicio de emergencia para conseguir dinero, salud o un coche, que aquellas que exigen un camino interior. Dios se ha convertido en un producto más, intercambiable: Buda, Vishnu, Alá, Krishna, da igual, porque lo que importa no es el camino que el individuo recorre hacia sí mismo, sino la frase célebre que se cuela por internet, la sabiduría para dummies, la espiritualidad de usar y tirar. El pensamiento racionalista nos ha despojado del sentimiento de ser nosotros mismos seres sagrados. Nos ha enseñado a vernos como máquinas biológicas, como conjuntos de neuronas y hormonas, como engranajes de un sistema productivo. Y al perder la conciencia de nuestra propia sacralidad, hemos perdido también la capacidad de respetarnos y amarnos a nosotros mismos, y por lo tanto de respetar y amar al mundo. Los que se apartaron de la religión judeocristiana buscaron refugio en la ciencia, convirtiéndola en la nueva diosa, concebida como una verdad absoluta por encima de cualquier relación histórica o social. Pero la negación de la espiritualidad a través de la razón no ha hecho más que conservar un pensamiento mágico primitivo bajo una aparente sofisticación. No se le ha concedido al ser humano el valor que merece como ser íntegro e integrante de la naturaleza y el universo.

Alex Ferro | Riotur
Y aquí aparece la gran paradoja: el dios que pretendíamos haber matado —ese dios judeocristiano que exigía sacrificios, que veía el cuerpo con asco, que nos hacía sentir culpables por ser lo que somos— no ha muerto realmente. Simplemente ha cambiado de máscara. Quien mató a dios en aras de la razón convirtió la razón en el nuevo dios. Quien elevó la ciencia como verdad absoluta la convirtió en un ídolo tan rígido y castrador como el anterior. Quien buscó en Buda una justificación para menospreciar el mundo y huir de él, o en Krishna una coartada para proyectar su propia violencia, no ha hecho sino repetir el mismo patrón: buscar fuera de sí mismo una autoridad absoluta que le exima de la responsabilidad de transformarse. Los ejemplos son interminables. La búsqueda de religiones y dioses exteriores solo sirve para encubrir el menosprecio hacia los otros y hacia uno mismo, sin exigir una transformación real. Por eso la muerte de dios, que debía haber inaugurado el humanismo por excelencia, no ha cumplido su promesa. Acabar con la moral impuesta, con la doble moral, con los principios jerárquicos desde fuera, debería haber significado un retorno al conocimiento interior, a la sabiduría, al gurú interior que en tantas culturas está presente. Pero en lugar de eso, nuestro mundo se ha quedado atrapado en la fase de destrucción, sin entender en qué momento debe empezar a crear. Como escribió Nietzsche, el espíritu humano debe pasar por tres transformaciones: primero es camello, que carga resignado con todo lo que le imponen; luego se convierte en león, que destruye todo lo que ya no le sirve; pero finalmente debe ser niño, que crea desde la inocencia y la libertad. Nos hemos quedado en el león. Destruimos, pero no sabemos crear. Y la destrucción solo es un acto creativo cuando no se pierde de vista el poder creador interior.
Nietzsche escogió a Zaratustra, el profeta que ofreció la idea de un dios creador y dador de luz, precisamente porque ese profeta y su tradición fueron destruidos por la imposición judeocristiana. Zaratustra baja de la montaña para anunciar que dios ha muerto, pero no para celebrar el nihilismo, sino para abrir el camino al superhombre: aquel que es fiel a la tierra, que no busca esperanzas sobreterrenales, que no desprecia la vida. El superhombre es el sentido de la tierra, y consiste en encontrar en uno mismo lo sagrado, en reconocerse como parte de la naturaleza y del universo, en amar la vida con todas sus contradicciones. El verdadero camino del ser humano no está en cambiar de ídolos, sino en encontrarse con lo que lo hace ser parte de todo: su ser animal, su ser universal, y al mismo tiempo su ser individual, único e irrepetible. Los pueblos semitas, con el judeocristianismo sobre el que se basó la civilización occidental, no vieron nunca al ser humano como un valor en sí mismo, su desprecio por el cuerpo como un estorbo para alcanzar la eternidad, su oposición con lo inmaculado, dios, contrasta con la noción de los pueblos arios antiguos (el señor del bigote quiso deformar toda esta concepción, pero hablo aquí de eslavos, indios, persas antiguos) que concebían al ser humano como un todo, cuerpo, alma, como un todo como parte de dios. El cuerpo, a diferencia del hinduismo más tardío o del budismo, no es considerado algo ilusorio, sino un instrumento al que la sabiduría, la bondad, apoyan, y que permite al ser humano hacer el bien, haciendo de sí mismo, su cuerpo y su vida, un templo, un fuerte al que los dioses entran para defenderlo. Sin embargo, la introducción de nuevos conceptos filosóficos en nuestra cultura solo ha llevado a desastres, un ejemplo es como la liberación de los prejuicios sociales, religiosos y culturales nos ha llevado a adoptar nuevos prejuicios, ahora impuestos por los medios de comunicación que difunden información sin conocimiento. Durante toda la historia solo hemos cambiado de dioses, sin reconocer en nosotros mismos lo sagrado que nos permitiría amarnos por encima de todas las cosas y amar al prójimo como a nosotros mismos. Ese es el humanismo auténtico, no un elogio del egoísmo, sino la constatación de que solo quien se respeta a sí mismo puede respetar a los demás, y solo quien se reconoce como sagrado puede reconocer la sacralidad del otro.

Paulo Pinto/Agência Brasil
El poder conceptual, ese que opera desde las sombras moldeando los relatos y las emociones, ha utilizado durante siglos el miedo, el asco y la repulsión para manipular a las sociedades. Lo hizo cuando demonizó a Baal para imponer un nuevo dios; lo hizo cuando Roma presentó a Cartago como un imperio de bárbaros sanguinarios; lo hace hoy cuando nos vende una espiritualidad de consumo y una razón desencarnada que nos desconecta de nosotros mismos. Pero conocer este mecanismo es ya el primer paso para desactivarlo. La tarea de nuestra época, quizás la más importante, consiste en recuperar el contacto con lo sagrado interior, en aprender a distinguir entre los relatos de dominación y la verdad de nuestra propia experiencia, en atrevernos a ser niños después de haber sido leones. Solo así, fieles a la tierra y a nosotros mismos, podremos construir un mundo donde la imposición ceda el paso al encuentro, y la demonización sea reemplazada por el reconocimiento de la dignidad sagrada de cada ser humano.
IHPS