¿Humanizar la política o politizar el humanismo?

Eric Sánchez Ramírez, Licenciado en Filosofía e Historia de las Ideas (UACM), integrante del Colectivo Macehualtin.

Tras la realización de la sesión sobre el vínculo, contrastante y complementario, entre el llamado Nuevo Humanismo y el Humanismo Mexicano, titulada «¿Humanizar la política o politizar el humanismo?» (15/05/2026) y organizada por el Colectivo Macehualtin como parte de su seminario permanente de formación política crítica, varias reflexiones surgieron al respecto.

En una suerte de ponencia bipartita, por un lado el etnólogo y filósofo, Dr. Genaro David Sámano Chávez, militante del Movimiento Humanista Universalista, y por otro el economista marxista, Lic. Carlos Salvador Gómez Rodríguez, crítico del modelo capitalista y afín al partido mexicano MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional), se expusieron dos visiones del humanismo, diversas en su planteamiento formal pero convergentes en su aplicación activa sobre los trabajos de base.

De entrada fue importante aclarar cómo la expresión «humanismo» tiende a ser instrumentalizada por grupos políticos de derecha como una generalidad ambigua que, sin embargo, representa un mero eslogan propagandístico atractivo para las masas de votantes potenciales. Tal fue el caso del extinto Partido Humanista mexicano (fundado en 2014 y disuelto un año después), conformado por figuras militantes tanto del PAN (Partido Acción Nacional), como Javier Eduardo López Macías, como del PRI (Partido Revolucionario Institucional), como Ignacio Irys Salomón. Durante su corta duración, dicho partido nacional asumió una supuesta postura de «humanismo secular» (de mera neutralidad estatal anticlerical) que absolutamente nada tenía que ver con las corrientes y organizaciones humanistas mencionadas durante la ponencia, las cuales más bien guardan intereses de corte social y progresista.

Por una parte, el planteamiento universalista del Nuevo Humanismo, fundado por el activista y pensador argentino Mario Rodríguez Cobos «Silo», filósofo teórico de la psicología de la imagen y de la historiología, y practicante de la ética y política de la no-violencia y de la conjunción organizacional de la Comunidad, denota un tipo de propuesta espiritual de transformación personal (véase «La Mirada Interna» y demás ejercicios meditativos de «autoconocimiento») que con el desarrollo activo se procura expresar a través de acciones sociales concretas y partidos políticos que trasciendan el interés individual en carreras políticas aisladas (la consigna del internacional Partido Humanista afirma de sí que se trata de «algo más que un partido») en aras de «Humanizar la Tierra». Por lo visto, el humanismo de Silo aspira a cruzar las fronteras políticas con tal de redescubrir mundialmente el papel del ser humano en su quehacer cotidiano intercultural, intrasocial y personal interno, unitariamente de «adentro hacia afuera» y viceversa (como la «Banda de Möbius»).

Por otra parte, la propuesta del Humanismo Mexicano, término retomado y popularizado por el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (cuyo gobierno de centroizquierda, y humanista para muchos, estuvo vigente entre los años 2018 y 2024) consiste en una forma de reestructuración estatal de la vida pública mediante el combate a la corrupción y el fomento de políticas públicas enfocadas en el apoyo irrestricto a las bases sociales tras décadas de neoliberalismo. Tal reestructuración deriva de una visión que no sólo critica el actuar de gobiernos corruptos que persistieron e insistieron en promover una concepción mercantilista de los recursos públicos, así como una idea anómala de la ciudadanía convertida en fuente de consumo y socios comerciales despojados de derechos laborales propios, sino que reivindica la dignidad humana de la población y le devuelve su carácter de personas que integran una sociedad politizada con intereses comunes, y no sólo una masa pasiva de individuos con objetivos personales aislados.

Como puede notarse, la humanización de la Tierra tiene que ver con humanizar la política, al interior de los países como se intenta hacer en México con la llamada «Cuarta Transformación» (de la vida pública) y a nivel internacional como procuran hacer los llamados Partidos Humanistas (a partir de la llamada Internacional Humanista) en países como Argentina, Colombia y Chile (en México se le denomina Propuesta Humanista). No obstante, hablar de dignidad humana (y de sus raíces culturales, morales y espirituales) desde un gobierno en específico implica politizar el humanismo, dotando a este término de un espacio de discusión mucho más amplio; ya no sólo en la arena política sino en medios corporativos, en escuelas, en barrios y en la esfera privada de cada quien. Aunque la «politización» (de cualquier tema) puede juzgarse de manera negativa, en realidad propicia la reflexión en torno a la forma en que todos nosotros tomamos decisiones colectivas (el Lic. Gómez Rodríguez cerró su participación diciendo que «no hablar de política también es hacer política»).

Ahora bien, uno de los puntos de mayor convergencia, pese a la divergencia en cuanto al espacio de despliegue territorial de cada movimiento (Nuevo Humanismo en el ámbito intercultural y MORENA en, y desde, el Estado-Nación mexicano) es el papel central de la Historia. Para los humanistas universalistas, según lo expuesto por el Dr. Sámano Chávez, el ser humano es un ser histórico de acción social capaz de transformar la naturaleza, mientras que para los morenistas, según lo planteado por el Lic. Gómez Rodríguez, la transformación de la vida pública, en torno a la dignificación del pueblo mexicano, parte de un proceso histórico a abordar y resignificar desde el presente consciente, y no sólo mediante una teoría («burguesa», según la interpretación marxista) de la realidad, sino desde una «realidad de la teoría» (véase el juego de títulos invertidos entre Proudhon y Marx: de «La filosofía de la miseria» a «La miseria de la filosofía»).

La historicidad, en ese sentido, resulta en un aspecto fundamental para ambos movimientos, y ciertamente es un punto en común que no debe perderse de vista. No obstante lo anterior, uno de los puntos de mayor divergencia que más pudo vislumbrarse en el desarrollo de la ponencia es la importancia de la transformación personal como elemento de reconfiguración tanto de la persona militante como de la colectividad de los movimientos sociales y políticos. Desde luego esto no quiere decir que en el humanismo universalista prime exclusivamente tal transformación personal (como pudiera proponerse desde el pensamiento de Jiddu Krishnamurti); o, por el contrario, que en MORENA se priorice al colectivo por encima del sujeto individual (como bien pudiera plantearse desde las perspectivas gubernamentales inspiradas en dictaduras fascistas o en políticas de corte estalinista). En realidad en ambos casos resulta fundamental la conexión entre la consciencia expansiva individual y el servicio político en favor de la vida comunitaria; sin embargo, mientras que en MORENA el trabajo interno como base de convicciones políticas resulta en algo meramente opcional y no necesariamente opuesto a prácticas de regímenes pasados (véanse los casos de los legisladores Ricardo Monreal, Adán Augusto López o Sergio Mayer), en el Nuevo Humanismo de Silo es uno de los fundamentos de mayor envergadura, ya que la humanización de la Tierra también pasa por los procesos y resultados del autoconocimiento y la mirada interna (la consigna siloísta afirma: «transformación simultánea del individuo y su medio»).

Esto coloca de manifiesto la necesidad de una dialéctica consciente entre la politización del bienestar humano y la humanización de espacios de administración gubernamental y labor parlamentaria a partir de un diálogo entre políticos progresistas, convencidos de la transformación pública genuina, y contemplativos universalistas en favor de llevar la evolución plena de la conciencia a terrenos de desarrollo comunitario. De ahí que se considere que el humanismo también representa un punto de partida para la generación propicia de un diálogo horizontal y, en ese sentido, netamente democrático (entre representantes de diversas posturas, tradiciones y culturas) que fomente la recuperación y consolidación de valores culturales y espirituales, como fundamentos de acción social, económica (como el cooperativismo en las comunidades siloístas) y política (como el proyecto de nación de la 4T).

En conclusión, aunque ambas visiones del humanismo difieren en su planteamiento formal, uno como proyecto de evolución mundial desde la transformación personal (Nuevo Humanismo), y otro como proyecto de transformación nacional con miras a la centralización de la dignidad del pueblo mexicano desde la jefatura del Estado y del gobierno federal (Cuarta Transformación), ciertamente coinciden en su perspectiva del papel de la historia como parte fundamental de la condición humana. Sin embargo, aunque la transformación personal guarda un potencial importante en la construcción de convicciones políticas genuinas, esto se vuelve un proceso opcional para los perfiles afines al humanismo mexicano gubernamental, dando cabida a perfiles con prácticas del anterior régimen neoliberal, mientras que para los militantes del humanismo universalista dicha transformación personal forma parte activa de la formación política, la cooperación económica y la experiencia en los trabajos de base. De ahí la necesidad de fomentar un diálogo horizontal y democrático, a partir del humanismo como punto de partida, que recupere y consolide valores culturales y espirituales comunes capaces de generar acciones concretas que influyan en lo social, lo económico y lo político. Humanizar la política y politizar el humanismo, en ese sentido, es una disyuntiva aparente que en realidad da cuenta de una mutua propuesta con alcances distintos (internos y externos) capaces de reformular el papel del ser humano en el mundo, tanto en su expresión individual como en su organización colectiva.

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