
Martin Heidegger y Jean Beaufret. Wikimedia Commons
Por el profesor Jaime Montero Anzola. Santafé de Bogotá.
Anuario 1995 del Centro Mundial de Estudios Humanistas.
“En torno a Ser y Tiempo de Martín Heidegger y la crítica al humanismo metafísico”, es un extenso ensayo que consta de dos partes: la primera, titulada “El primer período de Heidegger”, y la segunda, “El humanismo como problema filosófico”. El lector puede solicitar al Centro Mundial de Estudios Humanistas la producción original completa.
Debe explicarse, en palabras del autor, que: “Lo que se busca con este trabajo es, en alguna medida, dar respuesta al texto de Salvatore Puledda: Interpretaciones del Humanismo; específicamente al capítulo titulado, Heidegger y la crítica al humanismo metafísico. Esto no significa disentir sobre el trabajo ni repetir lo dicho en él. Lo que se pretende es desarrollar algunos aspectos enunciados en el texto y dar alternativas diversas…”
El humanismo, un problema que da qué pensar
Sobre esta palabra (“Humanismo”), sí que hay equívocos, ya que las agrupaciones más excéntricas se tildan de humanistas; habría entonces una variedad indefinida de humanismos que no hacen más que abrir las posibilidades de crítica a esta denominación tan ambigua.
Para hablar de humanismo no se puede dejar de hablar del movimiento cultural que surge en Italia en la segunda mitad del siglo XIV y se extiende luego por Europa, estableciendo las bases de la Modernidad.
Sin entrar en detalles sobre el tema, ya que Salvatore Puledda en su texto “Interpretaciones del Humanismo” se ocupa ampliamente de ello, podemos decir que en este movimiento renacentista se hace el descubrimiento y la afirmación del hombre como totalidad destinada a dominar el mundo. Al humanismo habría que entenderlo como atmósfera cultural.
De esta concepción y, por extensión, suelen calificarse de humanistas todas aquellas concepciones filosóficas “que atribuyen dignidad y valor al hombre como tal”.
También habría que referirse al humanismo renacentista como una actitud intelectual antes que un sistema doctrinal; ante todo se destaca una fe en la racionalidad de los seres humanos. Tomaremos como ejemplo la concepción de la historia de Voltaire que se contrapone a la de Rousseau. Veamos entonces.
Rousseau predica la naturaleza y la vuelta a la naturaleza, porque cree que con sólo volverse a lo natural se volverá el hombre bueno. La experiencia de Rousseau es así, por una parte, la experiencia de la maldad de los hombres, y por otra, la experiencia de la posibilidad de su curación por la regresión a su estado natural; recordemos su frase famosa: “el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”.
Voltaire parte como Rousseau de la maldad de los hombres. Para Rousseau las locuras del espíritu humano: crueldad, egoísmo, injusticia, ignorancia, no tienen otro motivo que el apartamiento del hombre de su auténtico ser, que es la naturaleza; para Voltaire la naturaleza es instinto, confusión y desmesura. Por ello hay que alejarse de la naturaleza mediante la racionalidad.
Como podemos ver, son dos puntos de vista radicalmente opuestos. Ambos buscan con vehemencia la bondad; en el caso de Rousseau en la naturaleza, en el de Voltaire en la razón.
Para Voltaire, la maldad y la ignorancia del hombre se deben a la permanencia en la naturaleza, pero esto se puede remediar mediante un pulimento progresivo por la razón. Pero si el hombre puede ser pulido no puede ser transformado. Ilustración es aderezamiento, compasión y aliño.
En un texto de Voltaire, Elogio histórico de la razón, se describe la situación histórica de Europa desde la invasión de los bárbaros, pasando por la época merovingia, la edad media, la toma de Constantinopla y las sangrientas luchas religiosas de la época moderna; según la interpretación de Voltaire, durante ese tiempo reinaron la ignorancia, el furor y el fanatismo, la razón permaneció escondida con la verdad, su hija, y sólo en cierto momento, informada de lo que ocurría, se decidió a salir medrosamente, tocada por la bondad.
Esta sequedad y cobardía de la razón y de la verdad, este sorprendente filisteísmo, demuestra lo que Voltaire entiende por ilustración y pulimento del hombre.
La razón y la verdad pretenden sólo, al parecer, “disfrutar de los bellos días”, mientras haya bellos días, y regresar a su escondite tan pronto como sobrevengan las tempestades. En otras palabras, la verdad y la razón pueden sucumbir fácilmente ante la furia destructora de los hombres y que son frente a la naturaleza, lo mortal y lo efímero.
Pero también quiere decir que la razón es todo menos la omnipotencia, que es prudencia y buen sentido, también debilidad y cobardía y flaqueza; es por ello algo que el hombre debe conquistar con mucho esfuerzo. Esta conquista es un ocultar y un desocultar continuamente, y eso es precisamente lo que constituye la historia del hombre.
La razón, entonces, es un descubrimiento no una revelación. El espíritu, la razón y la verdad pueden desaparecer violentamente, barridos por las fuerzas elementales, a las cuales poco importa la llama extremadamente sutil, pero extremadamente valiosa del espíritu.
El descubrimiento de la razón, su aparición sobre la superficie de la Tierra, representa por tanto el advenimiento de una edad dispuesta para el espíritu.
El espíritu se instala en el corazón de los hombres cuando éstos le han concedido el alojamiento que corresponde a su condición. Pero, ¿quiénes pueden darle alojamiento? No se puede instalar en el corazón de nadie, ya que éste es la gran mentira, el lugar de agitación del cambio.
Los que pueden darle alojamiento no son los hombres de corazón sino de inteligencia, los que buscan la paz y no la guerra, los que buscan el bien. Voltaire, por lo tanto, no busca la buena intención, sino la intención recta.
La Igualdad de la razón y de la verdad, su parquedad, su poca ternura, son precisamente para Voltaire la mayor garantía de que jamás han de engañar al ser humano. Pero hay que entender que la desconfianza hacia el corazón y el sentimiento tiene su causa, más que en ellos mismos, en el resultado de sus actos: corazón y sentimiento, estupidez y egoísmo, han hecho, hasta el presente, la historia humana y esta historia no ha sido más que la acumulación de desmesuras.
El descubrimiento de la razón no es, por tanto, suficiente para convertir en civilización a la barbarie; puede dar origen a la verdad más estricta, pero también a la más monstruosa mentira. Lo que se trata de buscar, tras haberle dado alojamiento a la razón, es verdadero; “es la verdad”. Esto es lo que Voltaire busca en la historia.
Voltaire trata de concebir una verdad pura, desprovista de leyendas y fábulas sin advertir que a la historia también la constituyen esos fantasmas.
La verdad de la historia es su espíritu; encontrado debajo de la apariencia de los hechos resonantes, de los personajes influyentes, del fragor de las guerras y de la astucia de los Estados, es encontrar lo que la historia es: su verdad. En otras palabras, leer el pasado a la luz de la razón y de la crítica.
El optimismo se puede ver como en todos los ilustrados, al buscar y saberse en un mundo que podía dominar con su esfuerzo, en un universo en el que iba a quedar desterrada para siempre la ignorancia. Era un optimismo rampante el de los ilustrados.
Con esto hemos “ilustrado” un poco la atmósfera y la actitud intelectual del hombre renacentista. Hay “buena voluntad” hacia la resolución de los problemas del hombre.
Se comienzan a denunciar las posibles alienaciones a que se someten los humanos; se comienza a reconocer que hay algo intrínsecamente valioso en esto; es decir, en las actitudes básicas que han sido llamadas humanistas.
Sin duda, el problema en cuestión no es claro; posteriormente se busca adjetivar el humanismo, con ello se pretende reemplazar un sentido tradicional y social del humanismo —el liberal— por un humanismo “totalmente otro”, en el que las actitudes básicas serían fundamentalmente distintas de las vigentes: pero entonces es dudoso por qué se recurre a la misma palabra, salvo que a ésta se le quiera hacer equivalencia de “una concepción del hombre”; pero aquí se agrava aún más el asunto ya que, entonces, cualquier concepción del hombre, por más antitética del humanismo que sea, puede ser llamada humanista.
Al parecer hay un reconocimiento de los valores en el uso habitual del término —el liberal—. Pero en estos momentos la palabra se ha usado en tan diversas gestiones que incluso se ha convenido en un lastre ideológico. Ha sufrido, como el dinero, una inflación sin precedentes.
Si se pretendiera sintetizar los rasgos fundamentales de los humanismos más en boga podría decirse lo siguiente:
- Afirmación de la pertinencia de la escala humana: rechazo de lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño; de lo suprahumano y lo infrahumano.
- Una suerte de ecumenismo o cosmopolitismo filosófico por encima de las diferencias y particularismos locales.
- Afirmación de la vocación de trascendencia de lo humano; se anuncia el “hombre nuevo” como promesa de una nueva humanidad.
Ante esta vocación de trascendencia habría dos direcciones: la progresiva que consistirá en un hacerse a sí mismo en libertad, sobre el suelo de la historia; y la regresiva, que es hacerse uno mismo según un arquetipo eterno de lo humano que está por descubrirse a través o bajo las diversas actitudes históricas.
IHPS