
Continuamos con la publicación del Anuario 1995 del Centro Mundial de Estudios Humanistas.
Por Boris Koval.
Cualquiera que trate de comprender el carácter y la esencia humanista de la concepción existencial choca con numerosas dificultades. Toda interpretación (inclusive nuestra) puede resultar equívoca, ya que esa concepción se la puede (y se la debe) más bien sentir (percibir), que interpretarla racional y serenamente.
La primera impresión causada por la filosofía existencial se reduce a que se fusionan de una manera incomprensible la razón y la emoción, con lo que ambas son de carácter sumamente inestable, al borde de la excitación maníaca y de la sinceridad manifiesta. He aquí un modelo filosófico, interesado no en una abstracción fría social, ni en una “socialización” de la experiencia de una cantidad inmensa de vidas, sino en la suerte, en cada una de las personalidades como tal.
En este sentido la interpretación dada resulta más cercana a la literatura y al arte. A propósito, no es casual que en las obras de talentos como Homero, Shakespeare, Balzac, Tolstoy, Dostoievski, encontremos manifestaciones evidentes de tal orientación. Fue Berdiáev quien encarriló esta línea en la filosofía rusa.
A diferencia de otras tendencias del pensamiento humanista, el existencialismo considera no sólo al hombre como un valor superior, sino a la existencia del hombre (de tal hombre), con su propia esencia: espiritual, moral, emocional. Toda la existencia es una subsistencia, pero no toda subsistencia es existencia. Toda persona vive, pero no todo hombre es capaz de existir. El existencialismo trata de definir la diferencia entre estos dos estados.
En una palabra, la existencia no es una festividad de vida, ni deleite, sino un proceso complejo de autosubsistencia de cada uno de nosotros en la Tierra: solo la Nada espera a toda persona. Nada antes de nacer y Nada después de morir. Se podría denominar a ese futuro estado “la vida paradisíaca” o el infierno. Mas se lo va a inferente y desprovisto de interés para la existencia, iniciada en un instante, y acabada en un instante. Claro que al que cree en Dios le resulta más natural y fácil percibir su vida como destinada. Mas, en todo caso —con Dios o sin Dios— en este mundo el hombre se encarna solo a sí mismo. Solo él, vivo y único, mas no sus restos o recuerdos, constituye la existencia como tal. La existencia resulta más corta que la vida, por excluir sus fases sin sentido (niñez, chochez, desmayo, sueño letárgico, etc.). Un alienado subsiste, pero no existe.
Si es así, la vida está predestinada a ser impresionante, interesante, llena de un sentido, dependiente de la conciencia del hombre, de la fuerza de su espíritu y voluntad. En ese caso solo su subsistencia física se hace una existencia verdadera. Se convierte en una forma particular de ser, su forma superior de permanecer aquí, en la tierra, pero no en el cielo.
Precisamente estos problemas planteó impresionantemente Jean-Paul Sartre (1905-1980), gran pensador francés, en su obra dramatúrgica y filosófica. Calificó la existencia como “la universalidad única” otorgada al hombre no por Dios, sino por la naturaleza.
La lucha abierta contra Dios librada en las piezas “Las Moscas” (1943), “El Diablo y el Buen Dios” (1951), no se reduce a negar la creencia, ni mucho menos, sino sirve de cimiento para cargarle al propio hombre la responsabilidad de su subsistencia. No se trata de quién fue el creador del hombre, sino cómo este creó su vida: independientemente, por su propia voluntad o pasivamente, al amparo de la naturaleza, o quienes han escogido la otra. Cada uno es libre de emprender su propio camino de vida.
Uno de los personajes de “El Diablo y el Buen Dios” formula esa idea: “El mundo es injusto; si lo aceptas llegas a ser su cómplice, si quieres cambiarlo te conviertes en su verdugo”. Opta tú mismo. El problema de libertad y responsabilidad es clave en la estructura de todas las reflexiones de Sartre.
La sensación de abandono y soledad, inutilidad e innecesariedad es lo que inquieta y no puede por menos que inquietar al hombre. Recordemos a los personajes de Shakespeare, Tolstoi, Dostoievski, la suerte de los propios autores. Todos ellos estaban atormentados por una sola cuestión: “To be or not to be?”. Si se trata de “ser”, pero entonces, ¿para qué? y ¿cómo “ser”? ¿A qué dar la preferencia: al deleite, a la creación, al ascetismo, a la labor, a la familia, al deber? ¿Cómo aunar todo eso? ¿Cómo superar sufrimientos? Ese interrogatorio suena permanentemente en cada obra de Sartre, que, dicho con propiedad, continúa la melodía existencial de la cultura mundial.
La subsistencia en el espacio y en el tiempo sin el contenido humano; la subsistencia impensada puramente natural puede ser buena y dichosa, pero poco interesante, inexistencial, ameboidea. El hombre está predestinado para una suerte superior; si no, cae por debajo de su nivel, se desliza al estado bestial; el hombre está llamado y puede superarlo.
El filósofo francés Maurice Merleau-Ponty (1908-1961), amigo y oponente de J. P. Sartre, expresó que “el hombre es una subsistencia que se contenta con la identidad, consigo mismo, lo mismo que un objeto, pero tiene una idea de sí mismo, se imagina, crea símbolos adecuados o fantásticos de sí mismo…” En una palabra, el hombre no es un esclavo, sino el creador de la vida.
“Cuanto más absurda es la vida, más inaguantable es la idea de la muerte” —reflexiona Sartre sabiamente—. Mas esta última es el punto final de la existencia que elimina la vida, pero no mata su esencia, sino al contrario, ayuda a la gente a entender el contenido y la esencia de la existencia acabada. Cuando estamos viviendo, no logramos darnos cuenta de todo el horror de la muerte. Cuando no vivimos, todas las meditaciones sobre la muerte resultan absurdas e imposibles. Hace tiempo que se sabe: “el ser existe, mientras el no ser no existe”. En ese contexto existencial de la vida y la muerte, de la vida-muerte, Sartre sufre con gran profundidad el problema del tiempo: el tiempo de la existencia, que no es una simple casualidad afortunada, sino una casualidad pasajera. Las argumentaciones de Sartre y de sus personajes siempre son líricas, por no decir trágicas, aun cuando se trata de los más felices instantes de vida. Resulta que no es ningún pesimismo estúpido ni egoísta, sino una meditación filosófica y apaciguada del hombre, que se da cuenta de la mediocridad y complejidad de la subexistencia. Sartre tal vez mejor que nadie logró transmitir la inevitabilidad y la ética particular del pesimismo.
A la par que elabora tramas filosóficas, Sartre presta una atención particular a los aspectos humanos comunes. Su ensayo filosófico “El Existencialismo es un Humanismo”, que salió a la luz en el año 1946, expone en una forma popular los criterios principales de su concepción del mundo.
Sartre rechaza definitivamente todas las invectivas, tanto comunistas (por su filosofía de desesperación y pasividad, revalorización de lo individual) como católicas (por concentrar la atención en lo bajo, sucio, pesimista, rechazando la solidaridad de la gente, o de los demás creyentes).
“En todo caso podremos desde el mismo principio decir que bajo la noción del existencialismo comprendemos un concepto que hace posible la existencia humana y que afirma también que toda la verdad y toda acción implica un medio y una subjetividad humana”.
El hombre es libre y se construye a sí mismo y a su vida. Ello constituye la verdad principal de su existencia. Así es la posición legítimamente humanista de Sartre.
Sartre pertenece a la generación de los existencialistas ateos. Para él lo principal no es meditar sobre Dios y la creencia, sino la experiencia de la existencia terrestre. “La existencia comprende la labor de nuestra vida interna por superar obstáculos que vuelven a surgir cada vez más nuevos, por hacer esfuerzos cada vez nuevos e incansables, por dominar desesperaciones y fracasos provisionales y por obtener triunfos que dependan de cualesquiera circunstancias providenciales…”
No es casual que el protagonista predilecto de Sartre fuera Sísifo, al cual el existencialista francés Albert Camus (1913-1960) calificó de “héroe absurdo”. Mas la propia vida es absurda; sin embargo, el hombre-héroe se subleva contra el absurdo, convierte la subsistencia en la existencia nutriéndola del sentido merced a su voluntad, su mentalidad y con su labor.
El hombre aguanta su carga al igual que Sísifo. “Sísifo —escribe Camus— enseña la mayor fidelidad, la que rechaza a los dioses y mueve piedras. Vale la pena considerarlo feliz a Sísifo”. La felicidad comprende crear su propio destino sin esperar la salvación divina. El hombre amotinado ansía un orden humano, que suponga el sentido de su propia vida. El destino auténtico del hombre quiere decir el trabajo penoso de Sísifo.
El término de una sola existencia no conduce al final de toda la existencia. Vuelve a renacer una y otra vez, es decir: adquiere carácter eterno, aunando todo lo muerto, lo existente y el futuro de la humanidad.
La muerte del hombre origina el pesimismo, mientras la continuación del género humano abre paso al optimismo. La vida personal llena del sentido superior, suprapersonal, es la subsistencia absurda; mas la dilución del “universo único” en la totalidad, también es absurda. Lo más difícil resulta, precisamente, la búsqueda de su lugar en la “existencia en el mundo”. El que lo alcanzó, se realizó como hombre, para ese retrocedió el temor a la muerte; su propia inexistencia se percibe como las vidas futuras sumadas.
Esa posición puede ser considerada como humanismo existencialista. Actualmente esa tendencia se divulga cada vez más, espiritualizando con un nuevo sentido —humano e individualista— los movimientos sociales por la ecología, la paz, el bienestar, la democracia; por todo lo que constituye la humanización de la vida en la Tierra.
CONCLUSIÓN
El esbozo breve y bastante incompleto de concepciones humanistas de estas cinco figuras de la cultura universal —Nietzsche, Berdiáev, Martí, Mariátegui, Sartre— testimonia concepciones sumamente multiformes que se unen en el círculo único del humanismo y el respeto al hombre. El ser humano, su vida y su lucha, sus inquietudes y preocupaciones, su suerte, constituyen el corazón de ese círculo. Comparando diversas concepciones, no pretendemos la verdad como absoluto, sino solo expresar nuestro considerar de esta, con el que uno puede estar o no estar conforme.
Estos maestros nos enseñan que: la dignidad del hombre no quiere decir horror ni palpitación frente a la suerte, tampoco el esperar pasivo de la Salvación, sino la autocreación activa de su existencia, noble y empapada de lucidez mental y cordial. La benevolencia para con la vida y las gentes, la labor incansable a favor de vivir una existencia terrestre interesante y plena. Nadie podrá vivir la vida de Nietzsche o Martí. Abandonaron este mundo para siempre, desaparecidos en la Nada. Pero, aunque suene paradójico, siguen permaneciendo vivos entre nosotros, mientras tantos otros viven entre nosotros muertos y fríos de espíritu. El espíritu creador del humanismo es precisamente aquella fuerza energética que no se esfuma en el espacio, sino que se transmite constantemente a la gente, de una generación a la otra, aunando a los vivos y a los muertos.
Cada uno de los cinco pensadores, a los que recordamos con todo nuestro reconocimiento y admiración, conceptuó el humanismo a su modo.
Nietzsche vio ideal a un “superhombre”, capaz de transcender los valores, llegando a ser un creador verdaderamente libre de una nueva vida. Berdiáev se obsesionó por las alturas de Hombre-Dios, como Jesús Cristo, que une en sí las cualidades espirituales y emocionales más puras de la personalidad.
José Martí defendió la grandeza del “hombre-hombre”, su libertad y felicidad.
José Carlos Mariátegui intervino por desarrollar potencias y energías de hombre-revolucionario.
Por último, Sartre expresó su profunda preocupación por la vida de un hombre ordinario, considerando que cada existencia individual manifestaba la posibilidad plena de la existencia.
Es maravilloso contar con una conjunción abundante de diversas interpretaciones. Precisamente esa abundancia de concepciones e ideas constituye la fuerza principal del pensamiento humanista en general.
Los motivos humanistas saturan toda la cultura universal y toda la vida humana. Desde los tiempos
primitivos hasta la actualidad, el hombre no puede vivir sin una u otra orientación humanista, sin uno u otro sentimiento humanista.
Lamentablemente, los propios hombres se hacen mal, ejercitan la violencia, dañando sus almas y sus mentes, tratando hostilmente a los otros, a la naturaleza, sembrando muertes y destrucción. El desarrollo de la civilización se transforma en antihumanismo. Por eso, en las condiciones contemporáneas es de importancia particular y de necesidad vital reforzar la orientación humanista, humanizar la vida terrestre. Sólo emprendiendo ese camino se puede encontrar una salida a la crisis creciente que está viviendo la
civilización y salvar a la humanidad del suicidio.
Boris Koval. Moscú, 1996.
*Imágenes: Archivo del diario Clarín. Fotografía publicada en 1983 en la revista dominical del periódico ilustrando un artículo sobre el poeta, en Buenos Aires, Argentina. Wikipedia.
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